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sábado, 12 de julio de 2014

EMIL CIORAN - ESCRIBIR



Sergio Canadé- composición y reatauración a partir de una foto de ©Henri Martinie


A modo de confesión

Sólo tengo ganas de escribir cuando me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o crispado, en un estupor metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de cuentas en el que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes. De ordinario, la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo escribo para no pasar el acto, para evitar una crisis. La expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo. La indignación es menos un estado moral que un estado literario, es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría? Es precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos nuestros ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza, que acecha al loco que hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para deshonrarle. ¿La inspiración? Un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse. Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal. Y sin embargo, durante largos años, me consideré como el único individuo sin defectos. Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar papel. He dejado prácticamente de escribir en el momento en que, al sosegarse mi delirio, me he convertido en la víctima de una modestia perniciosa, nefasta para esa febrilidad de la que emanan las intuiciones y las verdades. Sólo puedo escribir cuando, habiéndome repentinamente abandonado el sentido del ridículo, me considero el comienzo y el fin de todo.

Escribir es una provocación, una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir. Rivalizar con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa es la hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado y engreído que, liberado de su condición natural, se ha abandonado a un vértigo magnífico, desconcertante siempre, a veces odioso. Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión. ¡Lo supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo mismo de la fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar, curiosamente, a través de la ironía, a condición de que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de demolición, dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como agentes de un éxtasis al revés... Todo lo que es verdaderamente intenso participa del paraíso y del infierno, con la diferencia de que el primero sólo podemos entreverlo, mientras que el segundo tenemos la suerte de percibirlo y, más aún, de sentirlo. Existe una ventaja más notable aún, de la que el escritor posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros. Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera sido de mí. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos malestares, cuántos arrebatos siniestros no he superado yo gracias a ese remedio insustancial! Escribir es un vicio del que puede uno cansarse. A decir verdad, yo escribo cada vez menos, y acabaré sin duda por dejar de escribir totalmente, pues he dejado de encontrar el menor encanto a ese combate con los demás y conmigo mismo.

Cuando se aborda un tema, sea cual sea, se experimenta un sentimiento de plenitud, acompañado de una pizca de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación de superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una frase, ¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo! Escribir y venerar se dan juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba. La escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación chapucera. (1984)

Emil Cioran


Ejercicios de admiración y otros textos

Trad.: Fernando Savater 


jueves, 13 de marzo de 2014

CULTIVADOR DE GRIETAS



Pablo Picasso - Girl reading at a table - 1934


El hielo parece una piedra. El hombre parece un dios. Pero el hombre y el hielo tienen prisa.

Tal vez no sea yo quien muera en mi morir. ¿Acaso fui yo quien nació en mi nacer?

Hacer poemas para dormir con ellos, poemas que penetren en la imaginación del sueño y desaceleren sus vértigos, descontando con abismal lentitud los días no vividos de la vida y también los que no se vivirán en la muerte.

Hemos aprendido a escribir sobre todas las superficies, hasta sobre el agua. Pero no hemos aprendido a escribir encima del silencio, quizá porque no sabemos escribir con el silencio.

La poesía es una visionaria y arriesgada tentativa de acceder a un espacio que ha desvelado y angustiado siempre al hombre: el espacio de lo imposible, que a veces parece también el espacio de lo indecible.

No se trata de hablar, no se trata de callar: se trata de abrir algo entre la palabra y el silencio.

El poeta es un cultivador de grietas. Fracturar la realidad aparente o esperar que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro.

No nos mata morir: nos mata haber nacido.

Hay palabras que son como una fiesta que cae del asombro de los pájaros.






Roberto Juarroz


lunes, 10 de marzo de 2014

HUNTER - FICCIÓN Y REALIDAD





"La ficción se basa en la realidad a menos que usted sea un artista de los cuentos de hadas, usted  consigue el conocimiento de la vida en alguna parte. Usted tiene que saber sobre que material  está escribiendo antes de modificarlo. " 

 Hunter S. Thompson, Entrevista AP (2003)



Imágenes: ©Sitios en el Corazón


viernes, 21 de febrero de 2014

HENRY MILLER Y LA ESCRITURA



©Henri Cartier-Bresson - Henry Miller en Big Sur


Sobre la escritura
Henry Miller
tradución: John Byron Orrego

Knut Hamsun afirmó una vez, en respuesta a un cuestionario, que escribía para matar el tiempo. Pienso que aun si hubiera sido sincero en su afirmación, se estaba engañando. El acto de escribir,como la vida misma, es un viaje de descubrimiento. Es una aventura metafísica, esto es, un camino para acercarse de un modo indirecto a la vida, para adquirir una visión del universo, no parcial, sino total. El escritor vive entre los mundos más altos y los más bajos, toma el sendero procurando convertirse,con el tiempo, en el sendero mismo.

Comencé en el caos y la oscuridad más abso­luta, en un pantano de ideas, emociones y expe­riencias. Incluso ahora no me considero un escritor en el sentido habitual de la palabra. Soy un hombre que cuenta la historia de su vida, un proceso que cada vez se revela más y más intermi­nable a medida que avanzo. Como la evolución del mundo, no tiene fin. Es un mostrar el reverso de las cosas, un viaje a través de X dimensiones, con el resultado de que en algún momento del ca­mino uno descubre que lo que se tiene que con­tar en ningún momento es tan importante como el acto mismo de contar; se trata de una característica propia de cualquier arte, que le otorga un matiz metafísico, lo saca del tiem­po y del espacio, y lo integra al proceso cósmico general. Es lo que el arte tiene de “terapéutico”, esto es, su significado, su ca­rencia de propósito y de límites.

Casi desde el mismo comien­zo fui plenamente consciente de que no hay fin. Nunca aspiro a abarcar el todo, sino a dar, en cada fragmento, en cada trabajo, el sentimiento del todo a medida que avanzo, pues excavo cada vez más profundamente en la vida, cada vez más y más en el pasado y en el fu­turo. Y en esta excavación sin límite crece una certeza que es más grande que una fe o una creencia. Cada vez soy más indiferente a mi pro­pio destino como escritor y estoy cada vez más seguro de mi destino como hombre.

Comencé examinando concienzudamente el estilo y la técnica de aquellos que una vez admiré y adoré: Nietzsche, Dostoievski, Hamsun, incluso Thomas Mann, a quien hoy descalifico por ser un habilidoso inventor, un ladrillero, un asno inspirado, un caballo de tiro. Imité cada estilo con la esperanza de encontrar la clave del corrosivo secreto de la escritura. Al final llegué a un punto muerto, y me encontré en una desesperación que pocos hombres han conocido, pues en mí no había divorcio entre el escritor y el hombre: fracasar como escritor significaba fracasar como hombre. Y fracasé. Me di cuenta de que no era nada, menos que nada, era una cifra negativa. Fue en este punto, en medio del Mar Muerto de los Sargazos,por decirlo así, que comencé realmente a escribir. Comencé de la nada, tirándolo todo por la borda, incluso aquellos que más quise, y tan pronto escuché mi propia voz, me sentí hechizado. El hecho de que se trataba de una voz distinta, inconfundible y única me dio fuerzas. No me importaba si lo que escribía iba a ser considerado malo. Bien y mal fueron palabras que salieron de mi vocabulario. Me sumergí con todas mis fuerzas en el reino de la estética,del arte, que no tiene moral, ni ética, ni es utilitarista. Mi propia vida se convirtió en una obra de arte. Había encontrado una voz, de nuevo era completo. La experiencia fue muy similar a la que se lee sobre las vidas de los iniciados Zen. Mi rotundo fracaso fue como la recapitulación de la experiencia de mis antepasados: Tuve que pudrirme con el conocimiento, descubrir la futilidad de todo, aplastarlo todo, aumentar mi desesperación, luego hacerme humilde, y cortar de un tajo con todo aquello que no necesitaba, en aras de recobrar mi autenticidad. Tuve que llegar al borde y luego saltar al vacío.

Hablo aquí de Realidad, pero sé que no se puede acceder a ella, por lo menos mediante la escritura. Aprendo menos y entiendo más. Aprendo de un modo algo diferente y más subterráneo. Cada vez más adquiero el don de la inmediatez. Estoy desarrollando la habilidad de percibir, aprender,  analizar,  sintetizar, clasificar, informar y articular; todo a la vez. El elemento estructural de las cosas se revela más inmediatamente a mis ojos. Evito todas las interpretaciones acabadas: el misterio aumenta con creciente sencillez. Lo que sé tiende a hacerse cada vez más y más indefinible. Vivo completamente para mí mismo, sin el menor egotismo o egoísmo. Asumo la porción de vida “que me ha correspondido y así permito la continuidad del orden de las cosas. Amplío el desarrollo, el enriquecimiento, la evolución y la dispersión del cosmos, todos los días y por todos los medios. Doy todo lo que tengo que dar, de un modo voluntario, e ingiero tanto como soy capaz. Soy príncipe y pirata al mismo tiempo. Soy el signo de igualdad, la contraparte espiritual del signo Libra que fue acuñado en el Zodíaco original cuando se separó Virgo de Escorpión. Me di cuenta de que en el mundo hay lugar para todos; grandes profundidades interespaciales, grandes universos interiores, grandes islas de reparación esperan a quien se encuentra a sí mismo. En la superficie, donde las batallas históricas hacen estragos, donde todo es interpretado en términos de dinero y poder, puede haber multitudes, pero la vida sólo comienza cuando uno se sustrae, cuando uno cesa de luchar,cuando uno se sumerge y deja de ser visible. Ahora me da igual escribir o no escribir, ya no hay ninguna compulsión, ningún aspecto terapéutico en ello. Cualquier cosa que hago es por pura alegría: doy mis frutos como un árbol maduro. Lo que el lector común o el crítico hagan con ellos no me interesa. No estoy construyendo valores: defeco y doy alimento. Es esto y nada más.


©Marc Riboud - en Cabo de Formentor - 1962


Esta condición de la indiferencia sublime es una consecuencia lógica de la vida egocéntrica. Al morir hice a un lado el problema social, pues el verdadero problema no es entenderse con el vecino o contribuir al desarrollo del país, sino descubrir el propio destino, sincronizar la vida con el ritmo profundo del cosmos. Ser capaz de usar las palabras cosmos y alma con osadía,de apreciar lo “espiritual” en las cosas, y de rechazar definiciones, coartadas, pruebas, deberes. El Paraíso está en cualquier lugar y en cualquier camino, y si uno avanza lo suficiente, llega a él. Uno solamente puede avanzar yendo hacia atrás, y luego a los lados, y luego hacia arriba y hacia abajo. No hay progreso, hay un movimiento perpetuo, un desplazamiento circular, en espiral, sin fin. Cada hombre tiene su propio destino, el único imperativo que tiene es seguirlo,aceptarlo, sin importar a dónde lo conduzca.

No tengo la menor idea de cómo serán mis próximos libros, ni siquiera el siguiente. Mis cartas de viaje y planes son las peores guías: me deshago de ellos a mi antojo, invento, desvirtúo, deformo, miento, amplío, exagero, confundo y desconcierto al vaivén de mi estado de ánimo. Sólo obedezco a mis instintos e intuiciones. No sé nada de antemano. A menudo hago a un lado cosas que no comprendo, seguro de que luego serán claras y significativas para mí. Tengo fe en el hombre que escribe, que soy yo, el escritor. No creo en las palabras, incluso si son ensambladas por el más hábil de los hombres; creo en el lenguaje, que es algo que está más allá de las palabras, algo de lo que las palabras sólo dan una ilusión vaga. Las palabras sólo existen aisladas en la mente de los sabios,de los etimólogos, de los filólogos, etc. Las palabras separadas del lenguaje son cosas muertas y no descubren ningún secreto. Un hombre se revela en su estilo, en el lenguaje que crea para sí mismo. Para el hombre que es puro en su corazón, pienso que todo es tan claro como el sonido de una campana, incluso los escritos más esotéricos. Para un hombre así siempre hay misterio, pero es un misterio sin misterio,es lógico,natural, ordenado y aceptado implícitamente. El entendimiento no es un acto de penetrar en el misterio, sino una aceptación de él,una gozosa convivencia con él, en él, a través de él y por él. Me gustaría que mis palabras fluyeran del mismo modo que fluye el mundo, un movimiento serpenteante a través de incalculables dimensiones, ejes, latitudes, climas, condiciones. Acepto a priori mi incapacidad para realizar tal ideal, pero no me cuesta en lo más mínimo. En última instancia,el mundo está imbuido de fracaso,es la perfecta manifestación de la imperfección,de la conciencia del fracaso. Una vez se comprende esto, el fracaso desaparece. Como el espíritu primigenio del universo, como el inquebrantable Absoluto, el Uno, el Todo, el creador, el artista se expresa por y a través de la imperfección,que es la sustancia de la vida,el mismísimo signo de la energía creadora. Uno se acerca al corazón de la verdad,que supongo es el fin supremo del escritor, en la medida en que cesa de luchar,en la medida en que abandona la voluntad. El gran escritor es el símbolo mismo de la vida,de lo no perfecto. Se mueve sin esfuerzo, dando la ilusión de perfección,desde algún centro desconocido que ciertamente no es el centro del cerebro pero que sin lugar a dudases un centro, un centro conectado con el ritmo de todo el universo y, en consecuencia, tan fuerte, sólido, inquebrantable, como perdurable, desafiante, anárquico, sin propósito, como el universo mismo. El arte no enseña nada salvo el significado dela vida. La gran obra tiene que ser inevitablemente oscura, excepto para unos pocos, para aquellos que como el propio autor están iniciados en los misterios; que comunique, por tanto, es secundario, lo importante es que logre perpetuarse; es por esto que basta con que halle un buen lector.



©Larry Colwell/Anthony Barboza


Si soy un revolucionario, como se ha dicho, lo soy de un modo inconsciente. No soy un rebelde contra el orden del mundo. “Hago la Revolución” como decía BIas Cendars refiriéndose a él mismo. Hay una diferencia. Puedo vivir tanto en el lado negativo de la barrera como en el positivo. En realidad, creo estar por encima de estos dos signos, y contribuyo a su equilibrio por medios plásticos, no éticos, mediante la escritura. Considero que uno tiene que ir más allá del ámbito exclusivo del arte. El arte es sólo un medio para vivir, para una vida más plena. No es en sí la vida más plena, apenas señala el camino, algo que olvida no sólo el público sino también, y muy a menudo, el propio artista. En el momento en que el arte se convierte en un fin se traiciona a sí mismo. Muchos artistas traicionan la vida por su insistencia a lidiar con ella. Lo que hacen es partir el huevo en dos. Creo firmemente que todas las formas de arte van a desaparecer algún día; pero el artista permanecerá y la vida como tal se convertirá no en “un arte”, sino en el arte,es decir,de una vez por todas se apoderará del terreno. En cierto modo aún no estamos vivos. Ya no somos animales, pero tampoco somos humanos. Desde el alba del arte, cada gran artista nos lo ha repetido, pero son pocos los que lo han entendido. Una vez el arte sea verdaderamente aceptado, cesará de existir; pues sólo es un sustituto, un lenguaje simbólico de algo que puede ser captado directamente. Pero para que esto sea posible el hombre tiene que hacerse completamente religioso; no un creyente, sino un profeta, un dios de hecho y derecho. Lo será inevitablemente. Y de todos los desvíos a lo largo de este sendero, el arte es el más glorioso, el más fecundo, el más instructivo. Y el artista que se da cuenta de ello cesa, en consecuencia, de serlo. El sentido es llegar a ser consciente, es alcanzar aquella resplandeciente conciencia en la que ninguna forma actual de vida podría florecer, ni siquiera el arte.

Para algunos, esto parecerá una mistificación, pero es una franca afirmación de mis convicciones actuales. No debe olvidarse la inevitable discrepancia entre la verdad de las cosas y lo que uno piensa, incluso acerca de sí mismo; pero tampoco puede olvidarse que existe una discrepancia igual entre el juicio de otro y esta misma verdad. Entre lo subjetivo y lo objetivo no hay una diferencia substancial. Todo es ilusorio y en mayor o menor medida, transparente. Todo fenómeno, incluido el hombre y los pensamientos que tiene acerca de sí mismo, no son más que un alfabeto móvil, cambiante. No hay hechos sólidos a los cuales aferrarse. Así, en la escritura, incluso si mis distorsiones y deformaciones son deliberadas, no están necesariamente más lejos de la verdad de las cosas. Uno puede ser completamente veraz y sincero incluso si se reconoce como el más flagrante embustero. La ficción y la invención están hechos del mismo tejido dela vida. De ningún modo la verdad se altera por las violentas convulsiones del espíritu.

Así, cualquier efecto que pueda obtener gracias a instrumentos técnicos en ningún momento es resultado de la técnica sino el registro exacto hecho por mi aguja sísmica de las tumultuosas, múltiples, misteriosas e incomprensibles experiencias que he vivido, y que son revividas en el proceso de escritura,de un modo diferente, quizás de un modo más tumultuoso, más misterioso, más incomprensible. El llamado núcleo del hecho concreto que constituye tanto el punto departida como el de reparación está profundamente incrustado en mí; por más que intente no puedo eludido, transformarlo o disfrazarlo; y sin embargo se transforma, del mismo modo que se altera la faz de la tierra en cada momento que respiramos. Y para registrarlo, uno tiene que dar una doble ilusión: una de inmovilidad y otra de fluidez. Se trata del doble truco que, por así decirlo, da la ilusión de falsedad. Es esta mentira, esta máscara efímera y metamórfica la que constituye la esencia misma del arte. Uno ancla en la corriente, uno adopta la máscara mentirosa en aras de revelar la verdad.





A menudo pienso que un día me dará por escribir un libro en donde explique cómo he escrito algunos apartes de mis obras o quizás sólo un aparte. Podría ser un libro voluminoso sobre un solo párrafo corto seleccionado al azar. Un libro sobre su comienzo, su génesis, su metamorfosis, su salida a la luz, sobre el tiempo transcurrido entre el nacimiento de la idea y su registro.el tiempo que me tomó escribirlo, los pensamientos que tuve mientras lo escribía, el día de la semana,el estado de mi salud y de mis nervios, las interrupciones que tuve —aquellas de mi propia voluntad y aquellas que se me impusieron—, las diversas formas de expresión que se me ocurrieron en el proceso de la escritura,las alteraciones, el punto en el que me detuve y en el que, una vez de regreso,alteré completamente la idea inicial, o el punto en que hábilmente me detuve,como un cirujano que ante una situación de riesgo trata de salvar lo que puede, teniendo en mente regresar y reanudar en otro momento, pero sin hacerlo nunca; o, de otra manera, regresando y continuando la idea de un modo inconsciente en otros libros, cuando su recuerdo se había desvanecido. Ahora bien, podría comparar dos pasajes, aquellos que el ojo frío de críticos con mentalidad analítica toman como ejemplos de esto o de aquello, y confundirlos completamente, demostrando cómo un fragmento escrito aparentemente sin esfuerzo fue logrado bajo una extrema coacción; en tanto que otro fragmento difícil y laberíntico fue escrito como la brisa o como la emanación de un géiser. Así mismo, podría mostrar cómo un aparte al que le di forma estando en la cama, lo transformé al levantarme y una vez más en el momento de sentarme a escribirlo. También podría sacar a la luz mi cuaderno de notas para mostrar cómo el más remoto, el más artificial de los estímulos produjo una cálida flor humana tan real como una verdadera. Podría mostrar ciertas palabras descubiertas al azar mientras miraba las páginas de un libro, y exponer cómo me estimularon; sin embargo, ¿quién podría siquiera adivinar, cómo, de qué manera? Todo lo que los críticos escriben sobre una obra de arte, hasta los análisis más logrados, los más acertados,convincentes, plausibles, incluso cuando son hechos con amor —lo que es poco frecuente—, no son nada comparados con la mecánica verdadera,conla genética real de una obra de arte.

Recuerdo mi trabajo, ciertamente no palabra por palabra, sino de un modo más preciso y fidedigno; el conjunto de mi obra se me ha llegado a parecer a un terreno en el que he hecho un concienzudo estudio geodésico, no desde un escritorio,con lápiz y regla, sino por medio del tacto, poniéndome en cuatro patas, boca abajo, arrastrándome por el piso, centímetro a centímetro, durante un periodo de tiempo infinito y bajo todos los climas. Resumiendo, hoy estoy tan cerca de mi obra como cuando la produje, quizás más cerca. La culminación de un libro no fue nunca algo distinto a un cambio en la posición del cuerpo. Podría haber terminado de mil maneras diferentes. Ninguna de sus partes está acabada: en cualquier parte puedo retomar el relato, desarrollarlo, abrir canales, túneles,construir puentes, casas, fábricas y adornarlo con otros habitantes, otra flora y otra fauna; y todo igualmente fiel ala realidad. De hecho, no tengo comienzo ni final. Así como la vida comienza en cualquier momento,como un acto de materialización,lo mismo ocurre con la obra de arte. Pero cada comienzo, sea de un libro, de una página, de un párrafo, de una frase o de una expresión establece una conexión vital, y es en la vitalidad, la durabilidad, la perennidad y la inmutabilidad de los pensamientos y de los sucesos donde me sumerjo en cada nueva ocasión. Cada línea y cada palabra está íntimamente conectada con mi vida, y sólo con mi vida, sea como acto, suceso, pensamiento, emoción, deseo, evasión, frustración, sueño, ensoñación, capricho, incluso las interminables naderías que flotan indiferentes en el cerebro como los hilos rotos de una telaraña. No hay nada realmente vago o débil, incluso las cosas sin importancia son finas,consistentes, definidas, durables. Como la araña, vuelvo una y otra vez sobre mi trabajo,consciente de que la red que estoy tejiendo está hecha de mi propia sustancia, que nunca me fallará, que nunca se agotará.

Al comienzo soñaba con superar a Dostoievski. Aspiraba a entregarle al mundo colosales y laberínticas batallas del alma que terminarán por devastarlo. Pero antes de ir muy lejos me di cuenta de que habíamos evolucionado (en el sentido de degeneración) mucho más allá de donde había llegado Dostoievski. Para nosotros, el problema del alma ha desaparecido, o más bien, se ha presentado bajo una forma química extrañamente deformada. Nos ha correspondido tratar con los elementos cristalinos de un alma dispersa y disgregada. Los pintores modernos expresan este estado quizás de un modo más contundente que los escritores: Picasso es el ejemplo perfecto de lo que intento expresar. De ahí que me fuera imposible pensar en escribir novelas; igualmente impensable seguir los diferentes callejones sin salida representados por los distintos movimientos literarios de Inglaterra,Francia y Estados Unidos. En verdad, me sentí impulsado a tomar los elementos dispares y dispersos de nuestra vida —la del alma, no la de la cultura—, aquellos restos del mundo fenoménico que tenía a mi alrededor, y manipularlos según mi propio carácter, usando mi yo disperso y deshecho de un modo tan despiadado y temerario como fuera capaz. Nunca he sentido el menor conflicto o ansiedad frente a la anarquía que representan las formas actuales del arte; por el contrario, siempre he dado la bienvenida a las influencias disolventes. En una época marcada por la disolución,considero la liquidación como una virtud, más aún,como un imperativo moral. No sólo no he tenido nunca el menor deseo de conservar,de reforzar o de apoyar algo, sino que podría decir que siempre he considerado la decadencia como una expresión de la vida tan maravillosa y rica como el crecimiento.


©Larry Colwell - en 1957


Creo que también debería confesar que fui impulsado a escribir movido por el hecho de que la escritura se me reveló como la única salida abierta que tenía, el único oficio digno de mis capacidades. Francamente había probado todos los otros caminos que conducen a la libertad. Fui un fracasado obstinado en el así llamado mundo de la realidad,pero no por falta de talento. La escritura no fue un “escape”, un medio para evadir la realidad de cada día; por el contrario, significó una inmersión aún más profunda en el estanque salobre, una inmersión hacia la fuente en la que las aguas se estaban renovando constantemente, donde había agitación y movimiento perpetuo. Cuando miro mi carrera hacia atrás, me veo como una persona capaz de asumir casi cualquier tarea, cualquier vocación. Fue la monotonía y la esterilidad de las otras salidas lo que me condujo a la desesperación. Exigía un ámbito en el que pudiera ser el señor y el esclavo al mismo tiempo, y el mundo del arte es el único que puede permitido. Entré en él aparentemente sin ningún talento, como un completo neófito, incapaz, cobarde, con la lengua trabada, casi paralizado por el temor y la prensión. Tuve que colocar los ladrillos uno tras otro, poner sobre el papel millones de palabras antes de escribir alguna palabra verdadera, auténtica, arrancada de mis vísceras. Mi facilidad de expresión fue una limitación. Tenía todos los vicios de un hombre educado.Tuve que aprender a pensar, a sentir y a ver en una forma completamente nueva, sin educación, a mi manera, que es la cosa más difícil en el mundo. Tuve que arrojarme a la corriente, a sabiendas de que lo más probable era que me hundiera. La gran mayoría de artistas se tiran con salvavidas, y a menudo es el propio salvavidas el que los hunde. Nadie puede ahogarse en el océano de la realidad si se rinde voluntariamente a la experiencia. Cualquier progreso en la vida es fruto no de la adaptación sino de la osadía, de la obediencia al impulso ciego. “Ningún atrevimiento es fatal” decía René Crevel, una frase que nunca olvidaré. Toda la lógica del universo se resume en la osadía, esto es, en crear a partir del apoyo más frágil. Al principio uno confunde este atrevimiento con la voluntad; pero con el tiempo la voluntad vuela lejos y el proceso automático se desencadena, el que a su vez tiene que romperse o destruirse para que una nueva certeza se establezca, que nada tiene que ver con el conocimiento, la habilidad, la técnica o la fe. Por medio de la osadía se llega a aquella posición X del artista que constituye el ancladero que nadie puede describir con palabras pero que, sin embargo, subsiste y rezuma en cada línea escrita.








jueves, 20 de febrero de 2014

LA VELA MAYOR



©Sitios en el Corazón - Pascal Quignard a partir de una foto de Louis Monier

"Frontón decía que había que trabajar la lengua para ser capaz de enfrentar audazmente los peligros de los pensamientos más difíciles de aceptar, las afasias que provocan las experiencias más dolorosas o que son las más inmanejables. 
Hay que seguir el propio rumbo con los remos y las velas pequeñas, pero cuando sobreviene la necesidad imprevista, hay que ser capaz de desplegar la vela mayor del lenguaje y dejar bruscamente atrás los botes, los barcos de pescadores, la filosofía, la historia, las leyes, los proverbios, los decretos, la charlatanería, las costumbres."


lunes, 4 de noviembre de 2013

CLARICE LISPECTOR: LA ESCRITURA

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“Yo no tengo nada que decir. ¿Por qué no me quedo tranquila, entonces? Pero si yo no me obligo a hablar, el silencio siempre me va a hundir en oleadas. Palabra y la forma será el tablón sobre el que voy a flotar sobre nubes de silencio.”
 
 "Tengo miedo de escribir. Es muy peligroso. Cualquiera que haya intentado sabe. El peligro de provocar las cosas ocultas-pues el mundo no está en la superficie, está oculto en sus raíces sumergidas: en las profundidades del mar. Para escribir tengo que instalarme en el vacío. En este vacío es donde existo intuitivamente. Pero es un vacío terriblemente peligroso: es donde me escurre la sangre. Soy una escritora que teme a las trampas de las palabras: las palabras que digo esconden otras-que? Tal vez voy a decir. Escribir es una piedra echada a lo hondo del pozo."
 
"Escribo para así librarme de mí y luego por fin puedo descansar." 
 
“Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida. Vivir es una especie de locura que la muerte comete”.
 
“Soy una escritora que tiene miedo de la celada de las palabras: las palabras que digo esconden otras”.                                                                                          
“Escribo como escribo, sin saber cómo ni por qué: escribo por fatalidad de voz”.
 
“Escribir es tratar de entender, y tratar de reproducir lo irreproducible, es sentir hasta el fondo el sentimiento que de otro modo permanecería vago o sofocador. Escribir es también bendecir una vida que no fue bendecida.” 
 
“Estoy escribiendo porque no sé qué hacer de mí. Es decir: no sé qué hacer con mi espíritu”.
“Dame tu mano desconocida que la vida me está doliendo y no sé cómo hablar – la realidad es demasiado delicada, sólo la realidad es delicada, mi irrealidad y mi imaginación son más pesadas”.

 
                                                            ©Sitios en el Corazón - Clarice Lispector - Mirada
 
 
“No pienses que escribo aquí mi secreto más íntimo, porque hay secretos que ni siquiera me cuento a mí misma. Y no es sólo el último secreto sin revelar: hay muchos secretos primarios que dejo que permanezcan como enigma”.
“Escribo con los trazos vivos y ásperos de la pintura.”
“No, no es fácil escribir. Es duro como partir rocas. Saltan chispas y astillas como aceros pulido.”
"Ese tránsito de la introspección subjetiva: “Sé lo que estoy haciendo aquí: cuento los instantes que gotean y son gruesos como sangre." 

“Todo acaba pero lo que te escribo continúa. Y eso es bueno, muy bueno. Lo mejor todavía no se ha escrito. Lo mejor está en las entrelíneas.” 
“Te escribo en desorden, ya lo sé. Pero es como vivo. Yo sólo trabajo con encuentros y pérdidas.”
“Quien no está perdido no conoce la libertad y no la ama. En cuanto a mí, asumo mi soledad. Que a veces se extasía como ante los fuegos artificiales. Soy sola y tengo que vivir una cierta gloria íntima que en la soledad puede convertirse en dolor. Y el dolor, en silencio. Guardo su nombre en secreto. Necesito secretos para vivir.”
“¿Tengo un argumento de vida?, soy inesperadamente fragmentaria. Soy poco a poco. Mi historia es vivir. Y no tengo miedo del fracaso. Aunque el fracaso me aniquile quiero la gloria de caer. Mi ángel lisiado que se lastima huraño, mi ángel que cayó del cielo al infierno, donde vive gozando del mal.” 

“¿En algún momento perdido en la vida se anuncia para cada uno de nosotros una misión que cumplir? Pero rechazo cualquier misión. No cumplo nada, sólo vivo.” 

 
 

sábado, 26 de octubre de 2013

JACQUES DERRIDA Y LA ESCRITURA

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                                                                         ©Lew Robertson
 
 
Toda escritura está construída a partir de resistencias. No existe más que allí donde hay resistencias, en el mejor y en el peor sentido de la palabra, donde "resistencia" puede significar también represión. Contengo y confino con el mismo gesto que libera.
 
Puedo entonces liberar fuerzas de escritura inauditas o inéditas, pero incluso esa liberación no es posible más que allí donde estamos construyendo diques, estamos construyendo resistencias, estructuras que van a proteger la posibilidad de la transgresión.
 
En el mismo momento en el que hacemos saltar un límite, hacemos saltar una barrera, en ese momento hay otra cosa que está construyéndose. Leer es descifrar eso.
Descifrar en las escrituras más inventivas, en los acontecimientos de escritura más imprevisibles, leer es descifrar el cálculo de una protección de sí.
No es necesario que el yo sepa lo que calcula. El inconsciente calcula. El Ello calcula. La escritura calcula.
 
Yo, a pesar de que he escrito y publicado mucho, no logro todavía defenderme de una suerte de juicio de decir ¿Por qué escribes? Parece que pensaras que lo que escribes es interesante.
Lo llevas al editor, lo escribiste, entonces crees que las frases que elaboras son interesantes, lo que de alguna manera es absolutamente obsceno.
El hecho de escribir es injustificable desde ese punto de vista.
 
Entonces uno pide perdón, como alguien que se desnuda y dice: "aquí está, miren" y, naturalmente, pide de inmediato perdón, "perdónenme de hacerme el interesante"; entonces, a partir del momento en que escribo, pido disculpas al otro, e incluso del destinatario o destinataria, por la falta de pudor que hay en el hecho de escribir. Esa es la primera razón para pedir perdón.
 
Pero otra razón, de cierta manera estructural, fundamental, que me inquieta y preocupa siempre, y que depende de la estructura de la marca y del lenguaje: cuando dejo una huella, borro la singularidad del destinatario. Aunque deje una palabra secreta, escrita en secreto, diciéndole a alguien: "te amo, a ti, únicamente", yo sé que cuando eso esté escrito, y formulado en un idioma, y por lo tanto legible, cuando la huella sea descifrable, perderá la unicidad del destinatario, de la destinataria.
Cuando escribo, niego de alguna manera, o lastimo, la identidad o la unicidad del destinatario.
Ya no me dirijo a tal o cual persona, sino a cualquiera. La escritura es una traición. Y entonces, dado que traiciono al escribir, no puedo dejar de estar pidiendo perdón por el perjuicio en que consiste escribir, en que consiste firmar.
 
 
 
 
fragmento tomado de la película de Safaa Fathy: 
 
 

sábado, 5 de octubre de 2013

HUNTER Y LA ESCRITURA

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   ©Hunter S. Thompson - Florida, su máquina de escribir en 1970
 
 
"No tengo gusto por la pobreza o el trabajo honesto , por lo que la escritura es el único recurso que queda para mí."



                                                                                                       ©Louie Psihoyos 


"Ni una palabra perdida. Este ha sido un punto principal de
mi pensamiento literario toda mi vida.

"Me di cuenta entonces de que la escritura es una especie
de terapia. Una de las pocas maneras que casi puedo estar seguro de que voy a entender algo es sentarme y escribir sobre ello.
Porque al forzarse a escribir sobre ello y ponerlo en palabras, no se puede evitar tener que luchar a brazo partido con él.
Usted podría estar equivocado, pero hay que pensar muy intensamente para escribir sobre ello.
Así que uso la escritura como herramienta de aprendizaje."



 


"Aunque yo no creo que sea en absoluto necesario tener
que decirte lo que siento por el principio de la individualidad, sé que voy a tener que pasar el resto de mi vida expresándolo de una manera u otra, y creo que voy a lograr más expresándolo con las teclas de una máquina de escribir que expresándolo en estallidos repentinos de violencia frustrada ...."

"Soy una palabra rara. Me gustan las palabras.
Yo siempre he comparado el escrito con la música.
Eso es lo que siento acerca de los buenos párrafos:
cuando realmente funcionan, es como la música."

"La mayoría de las personas que se ocupan de las palabras no tienen mucha fe en ellos mismos y yo no soy una excepción; en especial con los grandes términos como Felicidad, Amor, Honestidad, Fortaleza, que son muy difíciles de alcanzar y están lejos de lo familiar, si se las compara con lo que significan pequeñas palabras como punk, barato, falso... me siento como en casa con ellas, porque son escuálidas,  fáciles de precisar, pero los grandes términos son difíciles ; se necesita  ser un sacerdote o un tonto para usarlos con confianza. "   

Hunter S. Thompson 

 

viernes, 4 de octubre de 2013

BUKOWSKI Y LA ESCRITURA

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© Marie Bertrand - Prisionero escribiendo una carta
 
 
 
"¿ASÍ QUE QUIERES SER ESCRITOR?"
de Charles Bukowski
 
Si no te sale ardiendo de dentro,
a pesar de todo,
no lo hagas.
A no ser que salga espontáneamente de tu corazón
y de tu mente y de tu boca
y de tus tripas,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte durante horas
con la mirada fija en la pantalla del ordenador
ó clavado en tu máquina de escribir
buscando las palabras,

no lo hagas.
Si lo haces por dinero o fama,
no lo hagas.
Si lo haces porque quieres mujeres en tu cama,
no lo hagas.
Si tienes que sentarte
y reescribirlo una y otra vez,
no lo hagas.
Si te cansa sólo pensar en hacerlo,
no lo hagas.
Si estás intentando escribir
como cualquier otro, olvídalo.
 
 Si tienes que esperar a que salga rugiendo de ti,
espera pacientemente.
Si nunca sale rugiendo de ti, haz otra cosa.

Si primero tienes que leerlo a tu esposa
ó a tu novia ó a tu novio
ó a tus padres ó a cualquiera,
no estás preparado.
 
No seas como tantos escritores,
no seas como tantos miles de
personas que se llaman a sí mismos escritores,
no seas soso y aburrido y pretencioso,
no te consumas en tu amor propio.
Las bibliotecas del mundo
bostezan hasta dormirse
con esa gente.
No seas uno de ellos.
No lo hagas.
A no ser que salga de tu alma
como un cohete,
a no ser que quedarte quieto
pudiera llevarte a la locura,
al suicidio o al asesinato,

no lo hagas.
A no ser que el sol dentro de ti
esté quemando tus tripas, no lo hagas.
Cuando sea verdaderamente el momento,
y si has sido elegido,
sucederá por sí solo y
seguirá sucediendo hasta que mueras
ó hasta que muera en ti.
No hay otro camino.
Y nunca lo hubo

 
 
 
                                                                                     ©Sitios en el Corazón  
 
 
 

miércoles, 26 de junio de 2013

DELEUZE Y EL ESTILO

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 ©Sergio Canadé, para Sitios en el Corazón



Fragmento de S (stilo)  en El Abecedario

..."Así, pues, ese es el primer aspecto: hacer sufrir a la lengua un tratamiento, pero un tratamiento increíble, vaya.

Por esa razón, un gran estilista no es un conservador de la sintaxis: es un creador de la sintaxis.

Y yo no voy más allá de la fórmula tan hermosa de Proust: «Las obras maestras siempre están escritas en una especie de lengua extranjera»...

Un estilista es alguien que crea en su lengua una lengua extranjera. Esto es cierto en Céline, es cierto en Péguy, es cierto de, bueno –por esto se reconoce a un estilista. Y, en segundo lugar, al mismo tiempo que el primer aspecto, a saber: se hace sufrir a la sintaxis un tratamiento deformante, contorsionante, pero necesario, que hace, que constituye algo así como una lengua extranjera en la lengua en la que uno escribe.

Pues bien, al mismo tiempo, el segundo punto es que con ello se empuja esta vez a todo el lenguaje hasta una especie de límite, el límite que... el borde que le separa de la música; se produce una especie de música. Pues bien, si logramos esas dos cosas, y si hay necesidad de hacerlo... tenemos un estilo. En esto consisten los grandes estilistas.

Y esto es válido para todos ellos:
excavar en la lengua una lengua extranjera y llevar a todo el lenguaje a una especie de límite... músical.

Eso es tener un estilo, sí..." 

lunes, 10 de junio de 2013

ADIVINAR

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                                                                                     ©Gamma-Rafo. - Marguerite Durás
                                                                   
"Escribir es intentar adivinar lo que uno escribiría si escribiese."
 
  

domingo, 8 de julio de 2012

DELEUZE, ESCRIBIR, EL DEVENIR


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                                                                              ©Abode of Chaos - Lyon - Francia

                                                                                                

"Escribir no es imponer una forma de expresión a una materia vivida.
La literatura está al lado de lo informe, de lo inacabado…
Escribir es un asunto con el devenir, siempre inacabado, siempre en curso, y que desborda cualquier materia vivible o vivida".

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